La ciudad de Príamo había sucumbido al terremoto de Poseidón
y los ilirios, fieles aliados de Troya, decidieron poner rumbo al oeste
escapando del pillaje aqueo. Atravesaron el Helesponto, recorrieron el norte de
los territorios griegos y acabaron por instalarse más allá de las fronteras de
Epiro. El mar Adriático los vio llegar con el miedo en la mirada mas con el
devenir de los siglos, fueron recuperando su identidad y acabaron conformando
una gran cultura que ocupaba la región comprendida entre Grecia y el norte de
lo que hoy conocemos como Italia. Sin embargo, si algo ha caracterizado al
viejo continente, es su continua convulsión. Y cuando en el siglo V,
ostrogodos, lombardos y hunos decidieron procesionar hacia las mismísimas
puertas de Roma, los ilirios no tuvieron más remedio que alabar a una de sus
tribus que habían decidido habitar en palafitos de madera sobre las aguas de la
desembocadura del río Po. Los vénetos. De modo que hacia allí se encaminaron
muchos de ellos con la intención de ganar, a fuerza de incrustar pilares de
alerce en suelo fangoso, terreno a las plácidas aguas de la laguna. Y así
sucedió que en torno a lo que hoy conocemos como el Gran Canal, creció un
bosque de alerces y abedules sumergidos que como un manglar, acabó elevando las
casas por encima del río. Era la semilla de lo que en los siglos venideros
sería no una ciudad, sino la ciudad;
el Rivo Alto, o Rialto.
En poco tiempo lo que no había sido más que un grupúsculo de
chozas de madera en medio de los pantanos había cedido paso a una ciudad.
Venecia. Y aunque en los albores del siglo VI todavía no era la potencia que en
los siglos venideros llegaría a ser, Justiniano y sus bizantinos seguidores,
viendo la situación tan privilegiada en la que estaba asentada, mandaron al
noble general Belisario a ponerla a buen recaudo del Imperio Romano de Oriente.
Recaudo que duró lo que cabría esperar de una ciudad perdida en medio de una
laguna y cuyos caminos de acceso sólo conocían bien los vénetos. El resto
quedaba por lo general encallados en los múltiples bancos de arena repartidos
por toda la laguna, pues como la Santísima Trinidad, sólo tres pasos llevaban a
la urbe. Así, en menos de un siglo, aquellos descendientes de la guerra de
Troya, volvían a proclamar su independencia. Y para autoafirmarse y dar unidad
a todos los asentamientos de la laguna, se proclamó al primer Dux de Venecia. Aquel que la leyenda
nombra como Paolo Lucio Anafesto.
Durante los dos siglos que siguieron, la ciudad fue drenando
canales y construyendo tal cantidad de puentes –acabaría teniendo más de 445-,
iglesias y palacios que el emperador Carlomagno decidió acabar con esa espina
de su Sacro Imperio Romano Germánico. Mandó a su hijo que volvió rápidamente a
Aquisgrán junto a su padre sin haber conseguido nada más que embarrancar en la
arena la mayoría de sus naves. Así que Venecia reforzó lazos de nuevo con
Constantinopla aunando el sueño de ver un Adriático libre de piratas y cuyas
rutas comerciales no se vieran continuamente expuestas. Resultó que en uno de
esos viajes comerciales, le llegó a Venecia un valiosísimo regalo desde
Alejandría. Corría el siglo IX y aunque hasta ese momento la ciudad había
estado bajo la protección de San Teodoro, ¿quién se iba a conformar con un
santo cuando se podía tener un Apóstol? San Marcos, vomitado por el desierto,
acababa de atravesar todo el Mediterráneo de modo que 829 años después de sus
enseñanzas, reposaba en la pequeña capilla del Palacio Ducal. Si es que era
realmente el cuerpo del Apóstol, porque curiosamente, durante las épocas más
convulsas de Egipto, otro cadáver que desapareció sin dejar rastro fue el del
más grande general que haya pisado la tierra, Alejandro III de Macedonia, el
Magno. Se dice que dos monjes con más capacidad neuronal de lo que era
frecuente en aquella época de fanatismo religioso, consiguieron salvar los
restos del rubio macedonio haciendo ver a la fervorosa masa cristiana que había
destruido gran parte de Alejandría, los huesos de aquel evangelista rescatados
de las llamas.
Sea como fuere, Venecia comenzó a preparar alrededor de las
huertas del convento de San Zacarías un complejo que más tarde daría lugar al
“más bello salón de Europa”, por expresarnos en palabras napoleónicas. La Plaza
de San Marcos, que vertebraría el poder de los Dux, albergando el palacio Ducal
y la Basílica con el mismo nombre. Es una pena que a Venecia, a parte de su
buen tino con el comercio, la caracterizase los accidentes “domésticos”, pues
un incendio en el año 976 destruyó la plaza, el palacio y la primitiva iglesia.
Por desgracia no estaban en época de Acqua
Alta pues es de seguro que una plaza inundada habría ayudado a sofocar tan
impresionante fuego. Además, mientras se reconstruía, la ciudad quiso verse
atacada por una increíble horda de piratas. Cosas de la riqueza, el lustre y el
pillaje. Pero el Dux, al frente de un gran arsenal, dio al traste con los
áureos delirios de los eslavos y en conmemoración y agradecimiento a las aguas,
se desposó con el mar. Tal fue el compromiso con tan caprichoso amante, que el
Dux tuvo a bien construir una galera tachonada de oro y piedras preciosas, el
Bucintoro, desde el que lanzar cada año un anillo, una alianza con el mar. Si
por aquel entonces se hubiera sabido que en los siglos venideros, un sediento
Bonaparte iba a desmantelar la galera completa, supongo que habrían ido
guardando los anillos de los 120 Dux que habían pasado a lo largo de la
historia por Venecia para evitar el desenlace de tan lujosa nave.
En cualquier caso, tras la derrota de los eslavos, se
decidió poner cerco a Constantinopla y bajo el pretexto de la cuarta cruzada,
el Cuerno de Oro cayó en manos de los venecianos, lo que marcó el culmen del
comercio. A lo largo del tiempo, anexionarían también los tres reinos de los
que dan fe los tres estandartes conmemorativos que se colocaron en la Plaza de
San Marcos; Chipre, Creta y el Peloponeso. Y para evitar lo que todo el mundo
sabía que traía consigo el poder, las potestades del Dux fueron repartiéndose
en diferentes consejos hasta tal punto que se llegó a decir de la Serenísima Signoria que aunque el Dux muriese, no
lo haría ésta. Y se dictaminó por ley que era obligación de todo próspero
comerciante, embellecer la nueva basílica destinada a albergar los huesos del
evangelista, que tomó como modelo la Basílica de los Doce Apóstoles de
Constantinopla. De ahí la abrumadora cantidad de estilos que acabó conformando
la Basílica de San Marcos, de la que se dice que es un museo de arte bizantino
latinizado. Ahora bien, a esa definición se le escapan los cuatro caballos que
coronan la entrada y que datan del siglo IV a.C. Esculturas atribuidas a
Praxíteles, Mirón e incluso al mismísimo Fidias y de las que se dice, formaban
parte de un auriga triunfal que viajó de Corinto a Roma, de Roma a
Constantinopla y de ahí a Venecia.
Es curioso que en tan poco espacio físico, confluyan tanta
estatuaria de misterioso origen. Pues muy cerca de la basílica, casi a orillas
del mar, se habían depositado dos columnas que procedían de oriente y que nadie
había osado poner en pie hasta que el mismo arquitecto que, harto de los
continuos derrumbes de la madera del Puente Rialto había levantado uno en
piedra, consiguió enderezar tan colosales pilastras. Una coronada por la
estatua de San Teodoro, la otra, por un león de bronce alado. San Marcos bajo
su leonina forma. Aunque más que leonina, la estatua parece ser que procedía de
la lejana China donde representaba una quimera. Misterioso origen el del león.
Misterioso el de los caballos y aún más el del resurgimiento desde las cenizas
de los apostólicos huesos.
Como recompensa, se le permitió al arquitecto los
juegos de azar siempre que se realizaran en el espacio comprendido entre ambas
columnas. Teniendo en cuenta que a menos de diez metros se alza la gran galería
del Palacio Ducal, es fácil entender que sólo en ese lugar y bajo la mirada de
la Serenísima, se permitiesen los juegos de azar. De todos modos este uso fue
abandonado en pos de la instauración del cadalso. Supongo que la vista
privilegiada que desde el palacio había del patíbulo hacía más apetecibles los
refrigerios al son de Vivaldi y las sentencias. Y viceversa. Imagino que para
los condenados ver cómo la finísima fachada del Palacio iba cambiando de color
con los rayos de sol mientras las delicadas ojivas se mantenían en el más
delicado blanco constituía una hermosa despedida.
Pues de despedidas y de
bienvenidas sabía ese palacio, cuyos ojos mudos habían visto no sólo coronar en la misma la Escalera
de los Gigantes a todos y cada uno de sus Dux sino un continuo ir y venir de
Tizianos, Tintorettos Veroneses, Bellinis y todos cuantos pintores se le
antojaban a su señoría. Y aunque posteriormente unieran el Palacio a las
cárceles a través del Puente de los Suspiros, ningún reo tuvo tan bello final
como aquellos que todavía pudieron despedirse de frente a la vivienda ducal.
Y por si la belleza que destilaba cada parte de la plaza no
fuera poca, se decidió construir un gran reloj que ayudase a los marineros en
el Gran Canal a saber las horas y las mareas. Un reloj con las fases solares y
lunares. Con los signos zodiacales. Una maravilla del mundo conocido. Y coronándolo,
dos “moros” tocaban las campanas a cada hora. Además, para que el reloj diese
fe del gran eclecticismo de Venecia, en la ventana de la primera planta, el día
de la Epifanía, tres reyes magos desfilaban frente a una Virgen y su Niño. Tal
debió ser la admiración que causó la Torre
dell´Orologio que las poblaciones vecinas decidieron hacer correr el
deshonroso rumor de que el Dux le había arrancado los ojos a los arquitectos
para que no construyesen otro igual. Habladurías del vulgo. Finalmente, coronando las alturas de la Plaza, el Campanile de la Basílica. Un campanario
exento, de 100 metros de altura con el Arcángel Gabriel en su cima. Si tres
fueron las entradas a la ciudad iluminadas en el agua en épocas de paz con
farolillos y tres los estandartes de la Plaza, tres fueron las funciones de la
torre. Campanario, faro y vigía. En su interior se colgaban en jaulas a
aquellos miembros del clero que merecían castigo. Y en sus alturas un
apasionado Galileo demostraba los usos de un catalejo que por poco le cuesta la
vida en la hoguera. Hasta que la estructura, harta de soportar cientos de rayos
a lo largo de la historia, en 1902 se desplomó total y absolutamente. Aunque lo
que hoy día vemos no es más que una reconstrucción de lo que fue, no por ello
deja de constituir parte del fascinante cielo de Venecia.
Pero por mera física, todo lo que sube, ha de bajar. Y la
historia no va a ser la excepción. Ya había pasado la época dorada de Marco
Polo y sus viajes de ensueño y quiso el tiempo que Constantinopla cayese en
manos otomanas. Los tres reinos de los que Venecia siempre había hecho gala
sucumbieron a las presiones turcas hasta tal punto que a Venecia no le quedó
más remedio que conquistar al resto de Europa con la sutileza y el arte. Primero
vinieron los cristales de Murano y los espejos, lo que acabó provocando una
guerra abierta con Francia por el dominio de tan bellos instrumentos. Más
tarde, una liga entre el Papa Julio II, Luis XII de Francia, Maximiliano I de
Austria y Fernando el Católico, intentó colapsar tan regia ciudad. Sin embargo
no pudieron con tan bizantinas fuerzas. Hubieron de pasar doscientos años más
para que, en el siglo XVII una gran peste asolara la ciudad y la dejara tan
debilitada que, pese a construir en honor del final de la plaga lo que
definieron como “una gran dama en el umbral de su casa”, Santa María de la
Salud sobre más de un millón de pilares de alerce, cayese finalmente en el
siglo XVIII manos de Napoleón. Perdía así doce siglos de independencia. A
continuación y como suele suceder en zonas fronterizas, al caer el imperio de
Napoleón, hubo una lucha encarnizada entre Austria e Italia por hacerse con el
mando de Venecia, hasta que finalmente y firmando el tratado de Viena, Venecia
perteneció a Italia tal y como la conocemos hoy en día.
Y ahí sigue y seguirá apareciendo entre las nieblas, como
una perla en mitad del mar. Sea cual sea el camino, dejando a vuestras espaldas
las escarpadas cumbres alpinas, miraréis de frente a la laguna. Y no veréis
sino el verde alberca de sus mansas aguas. Y cuando os subáis en el barco, se
cernirá una niebla tan densa a vuestro alrededor que no veréis ni el agua sobre
la que viajáis. Cuando al mirar en lontananza empecéis a apreciar el Campanile, las nieblas se abrirán y ante
vosotros aparecerá, como surgida del sueño, esa Venecia a la cual la historia ha
tenido a bien en llamar la Serenísima. Un lugar en que ni la luz parece real.
Disfrutadla, soñadla. Y sobretodo, vividla.