jueves, 28 de noviembre de 2013

En el albor de los tiempos

Torques celtas, British Museum
Existe un lugar en el recuerdo del tiempo donde todo fue verde. Cuando las eras de la historia sólo eran observadas por bosques más antiguos que la vida misma, los montes gallegos vieron llegar a los primeros hiperbóreos. Los keltoi o gente oculta. Aquellos cuyo reino protegían las avellanedas sagradas y cuyas ciudades no eran sino la prolongación de las enraizadas frondosidades que las rodeaban. Vivir en comunión constante con la naturaleza fue su precepto hasta tal punto que muchas veces, como único indicio de su existencia, sólo quedaron leyendas. Y ocurrió que trajeron consigo a sus divinidades desde la lejana Isla de los Poderosos – hoy Gran Bretaña- y el culto de los cuatro talismanes de la Sagrada Regalía de los Druidas. De entre esas cuatro piezas, el portador de la lanza fue el que dio origen al nombre de la ciudad. Una lanza flamígera de la que se decía tenía cinco puntas. La lanza invencible de Assal portada por el dios solar Lugh, “el luminoso”. Y aunque el origen de la ciudad históricamente es romano y hay quien especula si el nombre no vendrá del latín lucus, refiriéndose como hace esta palabra a un bosque sagrado, no dejo de ver que ambos orígenes sean complementarios y no excluyentes.

Muralla romana, Lugo
En cualquier caso, en ese bosque sagrado, en ese lugar de culto a Lugh, se fundó en tiempos de Augusto y como refuerzo en las Guerras Cántabras, un campamento romano, Lucus Augusta. Rodeada por el río Miño, más conocida en romance como Lugo, en época bajo-imperial vio crecer a su alrededor una muralla según los más estrictos cánones vitrubianos. Una muralla inexpugnable, aún a día de hoy conservada en su totalidad, con un adarve de más de dos kilómetros de perímetro y coronada con ochenta y cinco impresionantes torres de las cuales se perdieron catorce. Una muralla que acabó separando por siempre el mundo de Lugh del de los mortales. No obstante, viendo que sus ciudadanos eran reacios hasta la médula a abandonar sus creencias y a fin de evitar sus continuas escapadas a los bosques el primero de agosto en la fiesta de Lughnasad, se decidió venerar a Lugh bajo la invocación de San Lorenzo. Lo mismo sucedió en el pequeño templo tardo-romano de las afueras consagrado a la diosa  de la fecundidad, Ceres, donde hicieron ver al pueblo a Santa Eulalia. La cuestión es que este pequeño edificio tuvo unas consecuencias en la arquitectura de la península mucho mayores de las que nadie, celtas o cristianos, llegaron a imaginar, pues en él se encontraba el primer arco en herradura que siglos después engalanaría las más sublimes cortes romanas, visigodas y andalusíes. Curiosamente y como veremos más adelante, fue necesaria la cristianización de otro rito celta que daría aún mayor fama a la ciudad.


Cruceiro gallego
Sea como fuere se puede afirmar que la muralla siempre fue infranqueable. No así sus puertas. Y no porque fueran precisamente endebles. Ya dice el refrán que quien no tiene memoria ha de tener buenas piernas. Y aquel invierno del año 460, los lucenses, aún no sé muy bien si incapaces de actuar con rapidez arrecidos por el frío o por un olvido, o por ambas cosas, ante las hordas suevas que sembraban el norte de la península, no tuvieron mejor ocurrencia que dejar las puertas de par en par. Así que la ciudad cayó en manos germánicas durante un siglo hasta que aquel de quien se dice, sólo tuvo un año de paz en su reinado, Leovigildo, la recuperó y la anexionó al reino visigodo de Toledo. Durante dos siglos la ciudad vivió una época de tranquilidad. Pero toda tormenta tiene su previa calma y ésta se vio rota en el momento en que Tariq Ibn Ziyad posó sus pies en Gibraltar y puso rumbo al norte. Aún así, Abd Al-Aziz sólo ocupó lo que se suponía ciudad durante veintisiete años. Digo lo que se suponía ciudad, porque a esas alturas lo único que quedaba intacto era la muralla. Supongo que sus habitantes, cansados de tanto ir y venir de dioses y hombres, decidieron volver a sus arbóreas raíces y vivir en la floresta. Fue Alfonso I de Asturias quien decidió poner el norte de nuevo a recaudo de la Santa Sede y expandir sus territorios hacia un Duero que, al finalizar su campaña, quedó desierto. Fue en aquel momento cuando esa región fue ocupada por una serie de condes que tardarían aún muchos siglos en dejarse absorber por ningún reino.

Catedral Lugo
Alfonso se encontró con poco más que un montón de escombros lucenses rodeados por una soberbia muralla. Tras enterrar todo cuanto de romano quedaba intramuros, mandó reconstruir la nueva ciudad de Lugo. Y, tras designar al obispo del momento como señor terrenal y espiritual, le encomendó repoblar tan guarecida ciudad. Aunque si Alfonso hubiera sabido el desaguisado que prepararía en siglos venideros enfrentar con este tratado al cabildo contra la nobleza, si hubiera sabido de la Gran Guerra Irmandiña y del desangrarse de su pueblo, no creo que hubiera considerado tal situación. En cualquier caso, un ciudad que estaba en mitad de muchas de las rutas del norte no resultó difícil repoblarla, sobretodo teniendo en cuenta que contaba con la primera Iglesia Metropolitana reconquistada, donde construyeron aquella primitiva y hermosa Catedral. Tal debió ser su pétrea belleza que el rey de Asturias, Alfonso II el Casto, ordenó construir la nueva Catedral de Oviedo siguiendo el mismo modelo. Pero resulta que el agregado de castidad y sucesión no suele tener el éxito esperado y a la muerte de tan púdico monarca, quedando el reino sin descendencia, hubo un continuo ir y venir de dimes y diretes hasta que Ramiro I reunió un ejército en Lugo con el fin de conquistar Oviedo.

Catedral de Lugo
Lo que no imaginaron los lucenses era que la re-fundación de Oviedo junto con el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago darían al traste con las esperanzas de crecimiento de la población. Y eso que en la peregrinación de Almanzor, se dice que no consiguió tomar Lugo ya que tras sitiarla durante un tiempo, sus ciudadanos, pese a estar quedándose sin víveres, en una soberbia ostentación, arrojaron desde las almenas todo cuantos alimentos les quedaban. Almanzor creyendo que las alacenas de Lugo debían ocupar lo que la corte de Medina Azahara, desistió y prosiguió rumbo a Compostela. En un último intento, viendo la cantidad de peregrinos que atravesaban sus dominios rumbo a Santiago, decidieron llamar la atención de sus exvotos y riquezas. En el eco de los siglos todavía resonaba el continuo burbujear del Caldero del dios keltoi Dagda, aquel del que se decía que al beber se recobraba la vida. La segunda de las piezas de la Sagrada Regalía Druida. El arquetipo de nuestro Grial. Pues bien, si durante siglos hubo un caldero sagrado expuesto a la vista de todo el mundo, nadie vio impedimento alguno en exponer de forma continua en la catedral románica de Lugo el Santísimo Sacramento. Y así, con la cristianización del caldero, se convirtió en la única catedral del reino con tal privilegio. No obstante, incluso cuando siglos más tarde el emperador Carlos I la proclamó capital gallega, la ciudad seguía desangrándose de ciudadanos a través de sus vetustas puertas.

Y no sería, a pesar de los avatares de la historia, hasta la llegada del primer ferrocarril a la ciudad casi en los albores del siglo XX que Lugo volvería a ver crecer su población hasta convertirse en lo que es hoy. Una ciudad en cuyos muros todavía hay ecos de un pasado arbóreo, de unos misterios milenarios que, aún transformados, han perdurado bajo diferentes formas y en la que el verde y el agua inunda cada sentido hasta llenar de vida cada rincón del alma.



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