 |
| Catedral de León |
Es curioso lo que sucede cuando uno se para en medio de un
monumento e intenta reconstruir el uso de ese mismo espacio a lo largo de la
historia. Por ejemplo, yo siempre
había creído que los usos del suelo sacro permanecían inmutables por los siglos
de los siglos, desde las primeras basílicas paleocristianas a las descomunales
catedrales que nuestros góticos predecesores tuvieron a bien legarnos. Sin
embargo fue en León donde descubrí que en ocasiones los avatares del tiempo
traen consigo tal cantidad de disparates que acaban convirtiendo la historia de
un monumento en un despropósito desde su mismísima piedra angular.
Tal es el caso del palacio de Ordoño II. Y de cómo su breve
victoria sobre las tropas de Abd
Al-Rahman III en Castromoro le hicieron pensar en invertir el orden y
convertir la Carne en Verbo. O lo que es lo mismo, ceder su regia silla
construida junto a las termas romanas leonesas donde de tanta diversión carnal
se disfrutara, como sede del trono episcopal. El caso es que si Ordoño II
hubiera sabido que tres años más tarde, Castromoro volvería a hacer honor a su
nombre no sé si habría renunciado tan gentilmente. De hecho habrían de pasar otros
143 años, cuatro reyes de la más pura estirpe leonesa, dos califas y un caudillo
califal para que Castromoro se rebautizara definitivamente como San Esteban de
Gormaz de manos de Fernando I el Magno. Sea como fuere, desde que el generoso
monarca leonés donara tan históricos recintos, se comenzó a levantar sobre el
hipocausto de las termas, la primera catedral. No obstante, ni la catedral ni
su advocación a San Cipriano tuvieron a bien perdurar mucho en el tiempo. Años
después de la visita de Almanzor, la hermana de Alfonso VI,
 |
| Cartago, Túnez |
Doña Urraca,
aprovechando el románico isidoriano, decidió interceder a favor de la catedral
para que tan aplicados maestros de la piedra, contribuyesen a restaurar la
gloria del viejo templo. Por supuesto ya se había precedido con el trabajo de
cambiar la consagración del templo a favor de alguien más leonés. El antiguo obispo
martirizado en Cartago se substituyó por otro más contemporáneo y cercano del
que se decía, había domesticado a los lobos. San Froilán. Pero siendo León
ducha en recibir hombres santos, la catedral hubo de servir también como
recipiente al pobre obispo del momento, Don Alvito, que con tanto ahínco había
reclamado las reliquias de San Isidoro al príncipe de Sevilla. De este modo,
las termas recibieron el mayestático y románico peso de la sabiduría divina.
Peso que al reposar sobre canales huecos del hipocausto romano, acabaría siglos
más tarde trayendo tras de sí una hermosa estela de grietas y aperturas.
 |
| Catedral de León |
El tiempo acarreó el derrumbe simultáneo de la casa y la
casta leonesa. Hasta el siglo XIII, León había visto nacer a tal cantidad de
Alfonsos, Sanchos, Fernandos y Urracas que aún a día de hoy el galimatías de su
genealogía sigue siendo equiparable a la cantidad de argucias que les llevaron
a todos ellos a expandirse allende el Duero, el Tajo y el Guadalquivir. Y así cedieron
su aliento al fratricida de Castilla, Alfonso X. Ése del que según cuentan, en
un ataque de cólera mandó ejecutar a su hermano Fadrique introduciéndolo en un
arca con hierros punzantes. El Sabio. El caso es que para tan docta majestad,
supongo que tras conocer bien de cerca las estilizadas Toledo, Córdoba y
Sevilla, el románico ya quedaba austero, oscuro y demasiado chaparro. Y así
sucedió que, aquello que para los andalusíes debía estar arriba, para los
cristianos acabó abajo. Las mezquitas sabían que lo realmente sólido nos miraba
desde la altura, mientras que los fieles eran frágiles como las columnas que
soportaban el peso celeste. Sin embargo la cristiandad tuvo a bien elevar las
agujas buscando a su deidad, poniendo como base unos buenos cimientos. Y en
caso de que los pesos no se soportaran bien, todo el mundo sabe que siempre se
puede buscar un chivo expiatorio. Había llegado por tanto el momento de
instaurar pináculos y arbotantes que redirigieran las cargas. La gran catedral
gótica, la Pulchra leonina, la más
francesa de nuestras catedrales, pese a no estar encima de un altar druídico
dedicado a la Gran Madre Tierra como la
 |
| Catedral de León |
mayoría de las galas, acabó rebasando
todas las expectativas. Lo que antes fue muro, pasó a ser luz y color. Y toda
ella desde dentro parecía contradecir cada una de las leyes de la física. Si en
Burgos se había construido un joyero, una catedral para ser vista desde fuera,
en León se construyó una joya de 737 vidrieras. La inverosimilitud de sus vanos
calados podemos decir que iba a la par con la de unos cimientos que siglos
antes sólo habían soportado vapores de agua. Y cuando las primeras piedras de
las bóvedas empezaron a desmoronarse ante una incrédula muchedumbre, apareció
el siguiente chivo expiatorio, un “topo” que a día de hoy el tiempo ha tenido a
bien en conservar bajo la forma de un caparazón de tortuga laúd y que cuelga
bajo la puerta de acceso. Con el fin de recomponer los desperfectos socavados
por el “topo” se construyó hasta una cúpula barroca que acabó abriendo los
pilares torales de tal modo que si a ello le sumamos el terremoto lisboeta de
1755, a los arquitectos del siglo XIX no les quedó otro remedio que desmontar
toda la mitad sur de la catedral y dotarla de unos cimientos como tal.
Sin embargo no fue el único edificio abocado a los caprichos
de las modas. Tuvo a bien la bisnieta de Alfonso el Bravo, Doña Sancha de Castilla, donar unos
terrenos junto al río donde dar descanso a los enfermos de camino a Santiago. Un
hospital que fue consagrado a San Marcos en el mismo día en que un malhumorado
Miguel Ángel terminaba su Juicio Final en la Capilla Sixtina. Pronto, supongo
que debido a su escaso efecto como hospital – los fríos y la tisis junto a las
humedades de un río lo que hubieran requerido era un cementerio y no un
hospital - pasó a pertenecer a la Orden Militar de Santiago. Dadas las nuevas
tendencias y la ruina a la que en doscientos años se vio sometido el edificio,
el maquiavélico Fernando, ese que la historia bautizó como el Católico, decidió
derribarlo y dar comienzo a una obra que su nieto el Emperador Carlos se
encargó de convertir en una de las perlas del plateresco español. Y ahí fue
donde comenzaron las incongruencias en su uso, hecho que era de esperar al
retratar en un mismo edificio a Hércules, Aníbal, Lucrecia Borgia o Judith. Así
ha pasado a la historia no sólo como la prisión que albergó a Quevedo, sino
como escuela de veterinaria, prisión militar, casa de los Jesuitas, campo de
concentración fascista y un sinfín de usos hasta llegar a ser hoy un placentero
Parador Nacional.
 |
| San Marcos, León |
Pero como es de esperar en unas tierras en las que las
fronteras duraban lo que una barra de pan a una familia, León también vio
llegar su declive con la anexión al yermo reino de Castilla. Hacía tiempo que
los Guzmanes, una de sus familias más importantes, huyendo de los fríos
leoneses habían fundado al calor gaditano la Casa de Medina Sidonia. Su cenit
vino marcado por ser la primera ciudad europea que, bajo el reinado de su
último monarca, albergó las primeras Cortes de Europa. La vida del último de
los reyes de la casa de León se vio conmovida por la enemistad con su
 |
| Palacio de los Guzmanes |
primogénito. Fernando III, por aquel entonces el Bizco – más tarde, el Santo-,
una vez más, haciendo gala de los históricos ardides del que los reyes leoneses
eran buenos conocedores, consiguió proclamarse Rey de Castilla y comprando a
sus hermanas leonesas, fusionar ambos reinos. Así, la casa de Castilla, esa
tierra de la que ya se había dicho que “era frío y hambre” y cuyo norte miraba
realmente hacia Córdoba y Sevilla, amplió su verdadero norte con tan reales
dominios. Desde entonces lo que otrora fuese un importante campamento romano,
ciudad regia y Corte de un reino se perdió más allá del páramo leonés,
convirtiéndose junto con Zamora en las ciudades menos pobladas de la meseta.
Una sombra del tiempo esperando a que llegasen las luces de la ilustración y
sacasen brillo a sus piedras…
Fueron tres años de
conocer rincones inigualables. Tantos que necesitaría un tratado entero para
describir lugares y sentimientos. Os dejo con el último regalo que ofrece tan
magnífica ciudad. En las afueras, junto al río Torío, podéis subir a lo que
otrora fuese el templo de Júpiter Candamo, el Monte Áureo medieval, el parque
de la Candamia. Y desde ahí, hacia el Oeste, admirar el Teleno, el inmenso
monte consagrado al dios astur Tilenus
que hasta los romanos tuvieron a bien loar bajo el nombre de Mars Tilenus, el Marte Tileno.
Espero cada entrada para deleite del alma, una nueva ventana abierta a la historia que nunca se nos transmitió como tal y que disfruto con cada lectura. Tus palabras siempre evocan momentos emotivos de nuestro recuerdo.
ResponderEliminarGracias siempre por tus lecciones.
:) Gracias a vosotros por leerme y disfrutar con la historia historiada que trato de transmitir ;)
EliminarInteresante repaso de la historia pre-catedral del lugar, desconocida por mi. Me ha gustado la referencia a los Guzmanes. Pena de no tener más espacio para profundiza en la figura de Guzmán el Bueno. Es de esas historias épicas en tiempos de reconquista que nos dejan perplejos y que no han trascendido tanto como por ejemplo la del Cid. Solo una pequeña corrección, la última foto no corresponde al Teleno, sino al pico Correcillas, el dos mil más cercano a la ciudad a algo más de 20 km hacia el norte en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, siempre presente de fondo al Campus de Vegazana ;)
ResponderEliminarNo sufras Rober, a Alfonso Pérez de Guzmán le llegará el turno con Tarifa ;) Descuida que sabrás de él ;) Y ¡¡gracias por la aclaración!! Hace tanto tiempo de León que creía recordar que era el Teleno... :)
Eliminar