Recuerdo muchas montañas. Y valles. Y el pequeño Ford Fiesta
blanco de mis padres peligrosamente cercano unas veces a la pared de la
montaña, otras a caídas de centenares de metros sobre barrancos. Mi fascinación
crecía conforme nos acercábamos a las cumbres de la Sierra de Aitana. Y por supuesto con los almendros en flor.
Por sorprendente que pareciera, los antiguos habitantes de los valles del Oued Al-Est (Río Hondo o Guadalest)
habían conseguido llevar las terrazas de cultivo hasta alturas vertiginosas. Tan
embelesado estaba, que cuando noté disminuir la velocidad del coche y miré al
frente, no podía creer que allí –allí arriba-
pudiera haber enclavado un pueblo.
Sucede además que todo buen emplazamiento suele contar con
un estratega de los que escriben la historia. Y éste fue Al-Azraq, el de los ojos azules. No fue un militar más. Hijo de las
montañas, conoció bien de cerca en el siglo XIII las placenteras cortes de
Balansiya - la Valencia musulmana -, la de Jaime I de Aragón y por supuesto la
del sabio castellano, Alfonso. Cuentan que habiendo sido ganada Valencia por el
Conquistador, el aragonés le concedió a Al-Azraq
el control del valle. Y que harto de las injusticias que contra su pueblo ejercía
el cristiano monarca, encabezó no una, sino hasta tres rebeliones que casi
acabaron con vida y conquistas del vanagloriado Jaime. Aún se le puede imaginar
trepando por la escalera de cuerda a la inconcebible torre del peñón de Alcalá
y oteando el horizonte. Es curioso que nunca se despeñase ante tamaña proeza.
Digo curioso porque fue capitaneando a lomos de su caballo a los 250
benimerines que le había enviado como refuerzos su tío el rey de Granada,
cuando perdió el equilibrio. Y sus ojos azules se cerraron ante las mismas
puertas de Alcoy. Resultado: la batalla nunca tuvo lugar. Las tropas levantaron
el cerco, se llevaron a su invicto general y rindieron los castillos.
Guadalest pasó entonces a nobles manos, circulando como
moneda de cambio de familia en familia durante los siglos venideros. Se sabe
que hasta los Borgia fueron señores del castillo. Supongo que ante tan fría
expectativa, abandonar el Palacio Ducal de Gandía nunca fue una opción. Así que
una serie de nobles, todo ellos hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos
de cristianos, asumieron el control del valle. Y como primera medida,
evitándose durezas en sus tan señoriales miembros, atrajeron sobre el valle una
ingente cantidad de mano de obra barata para trabajar los campos. Moriscos que
huían de los barcos que fletaban a lo largo del siglo XVII desde Denia, Gandía
y Valencia. Ciento sesenta mil habían abandonado ya sus vergeles camino del
norte de África donde serían vendidos como esclavos. Por supuesto el castillo
de Guadalest se perfilaba cada día en las alturas, y a nadie le pasó
desapercibida, entre las almendras y las aceitunas, la posibilidad que ofrecía.
Así que sabiéndose veinte moriscos por cada cristiano viejo, decidieron erguir
sus doveladas lumbares y guarecerse tras el fortín. El tiempo del encierro duró
lo que tardaron los víveres en dejar paso al hambre. Uno a uno fueron abandonando
el castillo y debidamente embarcados como Felipe III mandaba.
En cualquier caso, cuarenta años después, dos fuertes
terremotos dieron al traste con seiscientos años de inaccesibilidad. Dos
terremotos, el continuo devenir de familia en familia y hasta un ataque durante
la guerra de sucesión de los carlistas a los austracistas que se habían
acantonado en lo que quedaba del castillo. Y a pesar de los avatares que
atravesó este nido de águilas, sigue conservando los restos de su hermetismo,
la sobrecogedora sensación de la altura de los torreones y por supuesto la
belleza de su horizonte.
Dice un lamento morisco que “en cada gota del mar azul y luminoso hay una lágrima morisca”. Y
así se puede sentir. Sólo necesitas apoyarte en los muros de entrada, mirar al
lejano Mediterráneo al que se abre el valle y escuchar su historia, que es la
nuestra.
Gusto es lo que siento en la boca leyendo tus palabras. Juanjito.
ResponderEliminarTú has estado allí ;) Y recuerdo que cuando visité Guadalest contigo, más de 20 años después, la sensación fue la misma :)
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