viernes, 15 de noviembre de 2013

Historia de unos huesos

Se cuenta que atravesando la antigua Vía Romana del Norte, en los confines de la Tarraconensis y desviándose al norte, al llegar a la confluencia de los ríos Bernesga y Torío, se encontraba el campamento de Legio VI Victrix. Más al norte, guarecidos tras los hercúleos muros de los Picos de Europa, los cántabros y los astures seguían resistiéndosele a los laureles de César Augusto. Cosas del laurel. Y del frío, supongo. En cualquier caso, las Guerras Cántabras no podemos decir que formaran parte de la tan aplaudida Pax Augusta. Fue el Nerón más histriónico, ese del que se cuenta que mientras Roma entera ardía seguía ensimismado en su lira, el que consiguió aplastar a tan lapidario pueblo. No obstante, histrionismo e Imperio se encontraron. Y la Tarraconensis, fortalecida por el oro que de Las Médulas bajaba al campamento romano, decidió autoproclamarse independiente, fundar la Legio VII Gemina, y marchar sobre Roma. Por supuesto Nerón no espero ni al ruido de las sandalias. Con su postrer aliento – “¡qué gran artista moría con él!”- y bajo su propio puñal, dio paso al Año de los cuatro emperadores. Más tarde, cuando Legio VII pasó de estar en los confines de la Tarraconensis a ser entrada de la Gallaecia, fue también cuando se asentó definitivamente lo que en un latín provinciano hoy llamamos León.

Torre del Gallo, León
La primera vez que atravesé el Bernesga con intención de establecerme durante un tiempo en la urbe, del campamento no quedaba sino un lienzo de muralla romana como base de la Torre del Gallo, las termas sepultadas bajo suelo sacro y lo que fuera un teatro bajo la muralla medieval. No, definitivamente León no me acogía al más puro estilo imperial. Con los vetustos muros de lo que fue una regia ciudad rotos por las agujas de una catedral gótica se podría decir que me dio su románica bienvenida. Al bajar del tren recordé las palabras de Ibn Ammar, visir y amante de Al-Mutamid de Sevilla, cuando llegó a León. Su encanto y su pequeñez iban a la par. Claro que él venía de una ciudad que fuera cuna de la cultura durante mucho tiempo y yo de un ducado minúsculo en un confín del Mediterráneo.



San Isidoro del Campo
Y aunque sorprenda, la historia de ambas ciudades se entrelazan con Fernando I el Magno y la historia de unos huesos. Los del obispo Isidoro de Sevilla. O San Isidoro. La cuestión es que el pobre hombre, tras de años de lucha contra la incultura, tuvo a bien morirse en tierras sarracenas. Por aquel entonces, Al-Mutamid, príncipe de Sevilla, tenía consentidas a los cristianos las campanas, pero sin badajo, lo que se traducía en el consentimiento de su religión, pero sin alterar la quietud de los aires marismeños. Y en la pequeña ermita mozárabe de San Isidoro del Campo, del otro lado del Guadalquivir y a unos kilómetros de distancia, reposaban los huesos de tan erudito santo. Sin embargo a Fernando I de León, tras sus múltiples victorias sobre un desmembrado Al-Andalus, se le ocurrió que era de obligado cumplimiento dotar su ciudad no sólo de un palacio y un panteón real, sino de una iglesia que albergase las reliquias de lo que más tarde sería un Doctor de las Españas. Así que encargó al envejecido obispo de León, Don Alvito, el traslado de las reliquias desde Sevilla. Se cuenta que los monjes de la ermita, no queriendo romper el santo reposo del sepulcro, convinieron en dejar que fuera el santo el que decidiese. Así que calavera en mano, cada uno tiró hacia un lado, con tal suerte que al tener Don Alvito metidos los dedos en las cuencas, se llevó el mayor trozo de osamenta.
San Isidoro de León
Estaba claro, el Santo quería reposar en tierras leonesas. Tal debió ser el desparrame óseo al que la pobre calavera se vio forzada que los restos llegaron no sólo a León, sino a la Catedral de Murcia y hasta Almería. Como consecuencia de toda una vida de privaciones y la tensión del momento, Don Alvito, emulando a Isidoro, murió en aquel mismo lugar. Así que a Fernando I le tocó recibir no ya uno, sino dos sarcófagos de tan honorable misión. Lo curioso de todo esto es que mucho años después, cuando toda esta historia era sólo un eco en el tiempo, en aquel mismo lugar, en San Isidoro del Campo, se leerían los primeros textos reformistas que acabarían con la quema de sus monjes como castigo. Supongo que en la misma hoguera en que se extinguieron tan poco ortodoxos textos, también lo hizo la blasfemia de quienes osaron levantar el cadáver del santo. 


Colegiata de San Isidoro de León
A partir de aquí, Fernando ya tenía con qué proseguir el engalanamiento de tan regia ciudad. Sucedía además que años antes,  Almanzor, en su comitiva hacia Santiago, había decidido visitar, como todos los peregrinos, León. A diferencia de estos últimos, su visita dejó tras de sí un desaguisado de padre y muy señor mío, lo que sacó a la luz las viejas glorias romanas e insufló a los reyes leoneses a hacer resurgir al fénix de la cristiandad desde las cenizas visigóticas. Así que con las arcas llenas, afrontó la construcción de la nueva iglesia palatina de San Isidoro sobre el antiguo monasterio de San Pelayo. Los huesos del inmaculado niño que se había negado a los favores sexuales del Califa Abd Al-Rahman III acabaron al cuidado maternal de unas monjas asturianas ocupando su lugar el cráneo descoyuntado del erudito. Además, siendo de familia tan prolija, decidió dotar al Panteón Real de tal cantidad de pinturas que acabaría conformando lo que hoy se conoce como Capilla Sixtina del románico. No obstante, si hubiera sabido lo que les deparaba a sus cinco hijos, hubiese invertido más en la
Panteón Real, San Isidoro de León
comodidad de sus cárceles que en la de sus sepulcros. Todo ello debido a la espléndida idea del igualitarismo filial, lo que devino con la muerte del monarca en la división del reino. No podemos decir que fuera una idea muy inteligente para la prole del rey Magno, puesto que el mayor empeño de su hijo Alfonso fue unificarlo de nuevo. Así que desde el mismo momento en que Fernando murió, las tierras cristianas se convirtieron en un revuelo de dimes y diretes entre Alfonsos, Sanchos, Garcías, Urracas y Elviras, hasta que finalmente, lo consiguió. Muerto Sancho de Castilla, encerrado García de Galicia y con sus dos hermanas Elvira y Urraca aliadas, se convirtió en Alfonso VI el Bravo. Así que consolidado en el trono leonés y tras expiar la culpa del fratricidio haciendo al Cid valedor de tales honores, Alfonso VI, conocedor de las distensiones entre las taifas árabes, se dispuso a ser Imperator totius Hispaniae



Si una cosa me enseñó León es que su historia, al igual que su rey Fernando, es magna. Y regia y prolija. Y que a lo largo de los siglos ha dado mucho que hablar, que vivir y que soñar. Fueron tres años fantásticos descubriendo la historia de las piedras que la conforman. Tres años sobre los que he de volver, pues desde su rey Bravo, pasando por su esplendoroso gótico y hasta alojar a una de las perlas del plateresco, aún debía ser centro de las vicisitudes que conformarían no un reino, sino el reino… Y las heridas de tanta historia se abren a sus calles esperando a que os sentéis en el pequeño parque del Cid a dejar que la fuente hable…

8 comentarios:

  1. Yo si que me sentaria en el pequeño parque del Cid y dejaria que la fuente me susurre, y tu voz me transporte a lugares que despues del paso del tiempo nos parecen magicos, con la forma que tienes de contar la historia no me supone ningun esfuerzo imaginarmela, verla con tus ojitos.

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    1. Mis ojitos que son los tuyos linda ;) Tú has estado sentada en ese parquecito, detrás del palacio de los Guzmanes y de la Casa Botines, en la calle que va directamente a San Isidoro :)

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  2. Aveces no nos damos cuenta de lo que esconden las ciudades, pasamos por alto detalles insignificantes, pero si escarbamos entre sus muros, nos encontramos ante verdaderos tesoros; volver atrás en el tiempo y entender las raíces, revivir los momentos que después quedarán grabados en la historia, y gracias a ésta, no dejar que todo lo que pasó quede en el olvido.

    Esperamos tu próxima entrada con ganas. Un abrazo!

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    1. ¡Cuánta razón hay en esas palabras Eric! :) Pues ¿qué somos hoy sino la suma de los días? :) Un besote!

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  3. Muy buena entrada, si señor. Más saboreada por cuanto uno también fue peregrino y moró durante unos años en la pequeña y encantadora ciudad. Y a la postre tenderemos segunda parte, que más se puede pedir.
    No conocía yo ese episodio de temprano nacionalismo leonés enfrentándose nada menos que a todo un imperio. Habrás de detallar un poco más al respecto, que a uno le puede la curiosidad. Sobre Don Alvito me viene rápidamente a la memoria la novela histórica de "El puente de Alcántara", donde el obispo parece que lleva más iniciativa que el propio Rey. Serán las licencias artísticas, aunque el momento "craneal" se relata tal cual.
    Enhorabuena de nuevo.

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    1. Muchas gracias Rober ;) en efecto, el nacionalismo leonés se vería incluso años antes de Fernando I el Magno... pero eso es otra historia y será contada a su tiempo :P

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  4. Por cierto, tu blog ya sale en primera posición del Google al buscar por Ericleops... todo un referente, jeje.

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