Se cuenta que atravesando la antigua Vía Romana del Norte,
en los confines de la Tarraconensis y
desviándose al norte, al llegar a la confluencia de los ríos Bernesga y Torío,
se encontraba el campamento de Legio VI
Victrix. Más al norte, guarecidos tras los hercúleos muros de los Picos de
Europa, los cántabros y los astures seguían resistiéndosele a los laureles de
César Augusto. Cosas del laurel. Y del frío, supongo. En cualquier caso, las
Guerras Cántabras no podemos decir que formaran parte de la tan aplaudida Pax Augusta. Fue el Nerón más
histriónico, ese del que se cuenta que mientras Roma entera ardía seguía
ensimismado en su lira, el que consiguió aplastar a tan lapidario pueblo. No
obstante, histrionismo e Imperio se encontraron. Y la Tarraconensis, fortalecida por el oro que de Las Médulas bajaba al
campamento romano, decidió autoproclamarse independiente, fundar la Legio VII Gemina, y marchar sobre Roma.
Por supuesto Nerón no espero ni al ruido de las sandalias. Con su postrer
aliento – “¡qué gran artista moría con él!”- y bajo su propio puñal, dio paso
al Año de los cuatro emperadores. Más tarde, cuando Legio VII pasó de estar en los confines de la Tarraconensis a ser entrada de la Gallaecia, fue también cuando se asentó definitivamente lo que en un
latín provinciano hoy llamamos León.
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| Torre del Gallo, León |
La primera vez que atravesé el Bernesga con intención de
establecerme durante un tiempo en la urbe, del campamento no quedaba sino un
lienzo de muralla romana como base de la Torre del Gallo, las termas sepultadas bajo suelo sacro y lo que fuera
un teatro bajo la muralla medieval. No, definitivamente León no me acogía al
más puro estilo imperial. Con los vetustos muros de lo que fue una regia ciudad
rotos por las agujas de una catedral gótica se podría decir que me dio su
románica bienvenida. Al bajar del tren recordé las palabras de Ibn Ammar, visir y amante de Al-Mutamid de Sevilla, cuando llegó a
León. Su encanto y su pequeñez iban a la par. Claro que él venía de una ciudad
que fuera cuna de la cultura durante mucho tiempo y yo de un ducado minúsculo
en un confín del Mediterráneo.
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| San Isidoro del Campo |
Y aunque sorprenda, la historia de ambas ciudades se
entrelazan con Fernando I el Magno y la historia de unos huesos. Los del obispo
Isidoro de Sevilla. O San Isidoro. La cuestión es que el pobre hombre, tras de
años de lucha contra la incultura, tuvo a bien morirse en tierras sarracenas.
Por aquel entonces,
Al-Mutamid,
príncipe de Sevilla, tenía consentidas a los cristianos las campanas, pero sin
badajo, lo que se traducía en el consentimiento de su religión, pero sin alterar
la quietud de los aires marismeños. Y en la pequeña ermita mozárabe de San
Isidoro del Campo, del otro lado del Guadalquivir y a unos kilómetros de
distancia, reposaban los huesos de tan erudito santo. Sin embargo a Fernando I
de León, tras sus múltiples victorias sobre un desmembrado
Al-Andalus, se le ocurrió que era de obligado cumplimiento dotar su
ciudad no sólo de un palacio y un panteón real, sino de una iglesia que
albergase las reliquias de lo que más tarde sería un Doctor de las Españas. Así
que encargó al envejecido obispo de León, Don Alvito, el traslado de las
reliquias desde Sevilla. Se cuenta que los monjes de la ermita, no queriendo
romper el santo reposo del sepulcro, convinieron en dejar que fuera el santo el
que decidiese. Así que calavera en mano, cada uno tiró hacia un lado, con tal
suerte que al tener Don Alvito metidos los dedos en las cuencas, se llevó el
mayor trozo de osamenta.
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| San Isidoro de León |
Estaba claro, el Santo quería reposar en tierras
leonesas. Tal debió ser el desparrame óseo al que la pobre calavera se vio
forzada que los restos llegaron no sólo a León, sino a la Catedral de Murcia y
hasta Almería. Como consecuencia de toda una vida de privaciones y la tensión
del momento, Don Alvito, emulando a Isidoro, murió en aquel mismo lugar. Así que
a Fernando I le tocó recibir no ya uno, sino dos sarcófagos de tan honorable
misión. Lo curioso de todo esto es que mucho años después, cuando toda esta
historia era sólo un eco en el tiempo, en aquel mismo lugar, en San Isidoro del
Campo, se leerían los primeros textos reformistas que acabarían con la quema de
sus monjes como castigo. Supongo que en la misma hoguera en que se extinguieron
tan poco ortodoxos textos, también lo hizo la blasfemia de quienes osaron
levantar el cadáver del santo.
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| Colegiata de San Isidoro de León |
A partir de aquí, Fernando ya tenía con qué proseguir el
engalanamiento de tan regia ciudad. Sucedía además que años antes, Almanzor, en su comitiva hacia
Santiago, había decidido visitar, como todos los peregrinos, León. A diferencia
de estos últimos, su visita dejó tras de sí un desaguisado de padre y muy señor
mío, lo que sacó a la luz las viejas glorias romanas e insufló a los reyes
leoneses a hacer resurgir al fénix de la cristiandad desde las cenizas
visigóticas. Así que con las arcas llenas, afrontó la construcción de la nueva
iglesia palatina de San Isidoro sobre el antiguo monasterio de San Pelayo. Los
huesos del inmaculado niño que se había negado a los favores sexuales del
Califa
Abd Al-Rahman III acabaron al cuidado
maternal de unas monjas asturianas ocupando su lugar el cráneo descoyuntado del
erudito. Además, siendo de familia tan prolija, decidió dotar al Panteón Real
de tal cantidad de pinturas que acabaría conformando lo que hoy se conoce como
Capilla Sixtina del románico. No
obstante, si hubiera sabido lo que les deparaba a sus cinco hijos, hubiese
invertido más en la
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| Panteón Real, San Isidoro de León |
comodidad de sus cárceles que en la de sus sepulcros. Todo
ello debido a la espléndida idea del igualitarismo filial, lo que devino con la
muerte del monarca en la división del reino. No podemos decir que fuera una
idea muy inteligente para la prole del rey Magno, puesto que el mayor empeño de
su hijo Alfonso fue unificarlo de nuevo. Así que desde el mismo momento en que
Fernando murió, las tierras cristianas se convirtieron en un revuelo de dimes y
diretes entre Alfonsos, Sanchos, Garcías, Urracas y Elviras, hasta que
finalmente, lo consiguió. Muerto Sancho de Castilla, encerrado García de
Galicia y con sus dos hermanas Elvira y Urraca aliadas, se convirtió en Alfonso
VI el Bravo. Así que consolidado en el trono leonés y tras expiar la culpa del
fratricidio haciendo al Cid valedor de tales honores, Alfonso VI, conocedor de
las distensiones entre las taifas árabes, se dispuso a ser
Imperator totius Hispaniae…
Si una cosa me enseñó León es que su historia, al igual que
su rey Fernando, es magna. Y regia y prolija. Y que a lo largo de los siglos ha
dado mucho que hablar, que vivir y que soñar. Fueron tres años fantásticos
descubriendo la historia de las piedras que la conforman. Tres años sobre los
que he de volver, pues desde su rey Bravo, pasando por su esplendoroso gótico y
hasta alojar a una de las perlas del plateresco, aún debía ser centro de las
vicisitudes que conformarían no un reino, sino el reino… Y las heridas de tanta historia se abren a sus calles esperando
a que os sentéis en el pequeño parque del Cid a dejar que la fuente hable…
Yo si que me sentaria en el pequeño parque del Cid y dejaria que la fuente me susurre, y tu voz me transporte a lugares que despues del paso del tiempo nos parecen magicos, con la forma que tienes de contar la historia no me supone ningun esfuerzo imaginarmela, verla con tus ojitos.
ResponderEliminarMis ojitos que son los tuyos linda ;) Tú has estado sentada en ese parquecito, detrás del palacio de los Guzmanes y de la Casa Botines, en la calle que va directamente a San Isidoro :)
EliminarAveces no nos damos cuenta de lo que esconden las ciudades, pasamos por alto detalles insignificantes, pero si escarbamos entre sus muros, nos encontramos ante verdaderos tesoros; volver atrás en el tiempo y entender las raíces, revivir los momentos que después quedarán grabados en la historia, y gracias a ésta, no dejar que todo lo que pasó quede en el olvido.
ResponderEliminarEsperamos tu próxima entrada con ganas. Un abrazo!
¡Cuánta razón hay en esas palabras Eric! :) Pues ¿qué somos hoy sino la suma de los días? :) Un besote!
EliminarMuy buena entrada, si señor. Más saboreada por cuanto uno también fue peregrino y moró durante unos años en la pequeña y encantadora ciudad. Y a la postre tenderemos segunda parte, que más se puede pedir.
ResponderEliminarNo conocía yo ese episodio de temprano nacionalismo leonés enfrentándose nada menos que a todo un imperio. Habrás de detallar un poco más al respecto, que a uno le puede la curiosidad. Sobre Don Alvito me viene rápidamente a la memoria la novela histórica de "El puente de Alcántara", donde el obispo parece que lleva más iniciativa que el propio Rey. Serán las licencias artísticas, aunque el momento "craneal" se relata tal cual.
Enhorabuena de nuevo.
Muchas gracias Rober ;) en efecto, el nacionalismo leonés se vería incluso años antes de Fernando I el Magno... pero eso es otra historia y será contada a su tiempo :P
EliminarPor cierto, tu blog ya sale en primera posición del Google al buscar por Ericleops... todo un referente, jeje.
ResponderEliminarjajajajjjajajaj Habra que "mantener" el caché :P
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