jueves, 7 de noviembre de 2013

El nido del águila

Recuerdo muchas montañas. Y valles. Y el pequeño Ford Fiesta blanco de mis padres peligrosamente cercano unas veces a la pared de la montaña, otras a caídas de centenares de metros sobre barrancos. Mi fascinación crecía conforme nos acercábamos a las cumbres de la Sierra de Aitana. Y  por supuesto con los almendros en flor. Por sorprendente que pareciera, los antiguos habitantes de los valles del Oued Al-Est (Río Hondo o Guadalest) habían conseguido llevar las terrazas de cultivo hasta alturas vertiginosas. Tan embelesado estaba, que cuando noté disminuir la velocidad del coche y miré al frente, no podía creer que allí –allí arriba- pudiera haber enclavado un pueblo.


Sí, enclavado era sin duda la mejor palabra. Encastrado. Como única entrada, un estrecho túnel que horadaba un acantilado mirando al mar. Un nido de águilas, la Roca Sogdiana de Alexandros. Y en lo alto del risco, un pequeño campanario encalado. Un imposible. Una atalaya andalusí por todo aviso de lo que se agazapaba tras el roquedal. Curiosamente, pese a la fertilidad y la protección natural del valle, no hay indicios de que ningún corvo antepasado nuestro se desvinculara de su térreo origen para establecerse en tan escarpada colonia. Su origen hay que buscarlo más bien en una subida de impuestos que llevó a cabo el Califa Hisham III desde su lejana corte a los pies de Sierra Morena. Subida de impuestos que en el año 1031 dio al traste con más de tres siglos de esplendor califal resultando en una serie de luchas fratricidas con el fin de establecer unas fronteras entre reinos que nunca llegarían a estabilizarse. Fue en ese momento cuando las alturas de Guadalest se empezaron a codiciar. Lo que otrora fuese un pico más de las estribaciones béticas, quedó convertido en una pétrea alquería fortificada. La montaña se perforó y los peñascos se coronaron de torres, almenas y merlones defendiendo la frontera entre las Taifas de Valencia y Murcia. Y coronándolo todo, dos castillos; el de La Alcozaiba, la mitad de él excavado en la roca madre y el del Rey, abrazando al pueblo y vigilando el valle.


Sucede además que todo buen emplazamiento suele contar con un estratega de los que escriben la historia. Y éste fue Al-Azraq, el de los ojos azules. No fue un militar más. Hijo de las montañas, conoció bien de cerca en el siglo XIII las placenteras cortes de Balansiya - la Valencia musulmana -, la de Jaime I de Aragón y por supuesto la del sabio castellano, Alfonso. Cuentan que habiendo sido ganada Valencia por el Conquistador, el aragonés le concedió a Al-Azraq el control del valle. Y que harto de las injusticias que contra su pueblo ejercía el cristiano monarca, encabezó no una, sino hasta tres rebeliones que casi acabaron con vida y conquistas del vanagloriado Jaime. Aún se le puede imaginar trepando por la escalera de cuerda a la inconcebible torre del peñón de Alcalá y oteando el horizonte. Es curioso que nunca se despeñase ante tamaña proeza. Digo curioso porque fue capitaneando a lomos de su caballo a los 250 benimerines que le había enviado como refuerzos su tío el rey de Granada, cuando perdió el equilibrio. Y sus ojos azules se cerraron ante las mismas puertas de Alcoy. Resultado: la batalla nunca tuvo lugar. Las tropas levantaron el cerco, se llevaron a su invicto general y rindieron los castillos.


Guadalest pasó entonces a nobles manos, circulando como moneda de cambio de familia en familia durante los siglos venideros. Se sabe que hasta los Borgia fueron señores del castillo. Supongo que ante tan fría expectativa, abandonar el Palacio Ducal de Gandía nunca fue una opción. Así que una serie de nobles, todo ellos hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos de cristianos, asumieron el control del valle. Y como primera medida, evitándose durezas en sus tan señoriales miembros, atrajeron sobre el valle una ingente cantidad de mano de obra barata para trabajar los campos. Moriscos que huían de los barcos que fletaban a lo largo del siglo XVII desde Denia, Gandía y Valencia. Ciento sesenta mil habían abandonado ya sus vergeles camino del norte de África donde serían vendidos como esclavos. Por supuesto el castillo de Guadalest se perfilaba cada día en las alturas, y a nadie le pasó desapercibida, entre las almendras y las aceitunas, la posibilidad que ofrecía. Así que sabiéndose veinte moriscos por cada cristiano viejo, decidieron erguir sus doveladas lumbares y guarecerse tras el fortín. El tiempo del encierro duró lo que tardaron los víveres en dejar paso al hambre. Uno a uno fueron abandonando el castillo y debidamente embarcados como Felipe III mandaba.

En cualquier caso, cuarenta años después, dos fuertes terremotos dieron al traste con seiscientos años de inaccesibilidad. Dos terremotos, el continuo devenir de familia en familia y hasta un ataque durante la guerra de sucesión de los carlistas a los austracistas que se habían acantonado en lo que quedaba del castillo. Y a pesar de los avatares que atravesó este nido de águilas, sigue conservando los restos de su hermetismo, la sobrecogedora sensación de la altura de los torreones y por supuesto la belleza de su horizonte.




Dice un lamento morisco que “en cada gota del mar azul y luminoso hay una lágrima morisca”. Y así se puede sentir. Sólo necesitas apoyarte en los muros de entrada, mirar al lejano Mediterráneo al que se abre el valle y escuchar su historia, que es la nuestra.

2 comentarios:

  1. Gusto es lo que siento en la boca leyendo tus palabras. Juanjito.

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  2. Tú has estado allí ;) Y recuerdo que cuando visité Guadalest contigo, más de 20 años después, la sensación fue la misma :)

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