jueves, 21 de noviembre de 2013

De una joya y su topo

Catedral de León
Es curioso lo que sucede cuando uno se para en medio de un monumento e intenta reconstruir el uso de ese mismo espacio a lo largo de la historia.  Por ejemplo, yo siempre había creído que los usos del suelo sacro permanecían inmutables por los siglos de los siglos, desde las primeras basílicas paleocristianas a las descomunales catedrales que nuestros góticos predecesores tuvieron a bien legarnos. Sin embargo fue en León donde descubrí que en ocasiones los avatares del tiempo traen consigo tal cantidad de disparates que acaban convirtiendo la historia de un monumento en un despropósito desde su mismísima piedra angular.

Tal es el caso del palacio de Ordoño II. Y de cómo su breve victoria sobre las tropas de Abd Al-Rahman III en Castromoro le hicieron pensar en invertir el orden y convertir la Carne en Verbo. O lo que es lo mismo, ceder su regia silla construida junto a las termas romanas leonesas donde de tanta diversión carnal se disfrutara, como sede del trono episcopal. El caso es que si Ordoño II hubiera sabido que tres años más tarde, Castromoro volvería a hacer honor a su nombre no sé si habría renunciado tan gentilmente. De hecho habrían de pasar otros 143 años, cuatro reyes de la más pura estirpe leonesa, dos califas y un caudillo califal para que Castromoro se rebautizara definitivamente como San Esteban de Gormaz de manos de Fernando I el Magno. Sea como fuere, desde que el generoso monarca leonés donara tan históricos recintos, se comenzó a levantar sobre el hipocausto de las termas, la primera catedral. No obstante, ni la catedral ni su advocación a San Cipriano tuvieron a bien perdurar mucho en el tiempo. Años después de la visita de Almanzor, la hermana de Alfonso VI,
Cartago, Túnez
Doña Urraca, aprovechando el románico isidoriano, decidió interceder a favor de la catedral para que tan aplicados maestros de la piedra, contribuyesen a restaurar la gloria del viejo templo. Por supuesto ya se había precedido con el trabajo de cambiar la consagración del templo a favor de alguien más leonés. El antiguo obispo martirizado en Cartago se substituyó por otro más contemporáneo y cercano del que se decía, había domesticado a los lobos. San Froilán. Pero siendo León ducha en recibir hombres santos, la catedral hubo de servir también como recipiente al pobre obispo del momento, Don Alvito, que con tanto ahínco había reclamado las reliquias de San Isidoro al príncipe de Sevilla. De este modo, las termas recibieron el mayestático y románico peso de la sabiduría divina. Peso que al reposar sobre canales huecos del hipocausto romano, acabaría siglos más tarde trayendo tras de sí una hermosa estela de grietas y aperturas.

Catedral de León
El tiempo acarreó el derrumbe simultáneo de la casa y la casta leonesa. Hasta el siglo XIII, León había visto nacer a tal cantidad de Alfonsos, Sanchos, Fernandos y Urracas que aún a día de hoy el galimatías de su genealogía sigue siendo equiparable a la cantidad de argucias que les llevaron a todos ellos a expandirse allende el Duero, el Tajo y el Guadalquivir. Y así cedieron su aliento al fratricida de Castilla, Alfonso X. Ése del que según cuentan, en un ataque de cólera mandó ejecutar a su hermano Fadrique introduciéndolo en un arca con hierros punzantes. El Sabio. El caso es que para tan docta majestad, supongo que tras conocer bien de cerca las estilizadas Toledo, Córdoba y Sevilla, el románico ya quedaba austero, oscuro y demasiado chaparro. Y así sucedió que, aquello que para los andalusíes debía estar arriba, para los cristianos acabó abajo. Las mezquitas sabían que lo realmente sólido nos miraba desde la altura, mientras que los fieles eran frágiles como las columnas que soportaban el peso celeste. Sin embargo la cristiandad tuvo a bien elevar las agujas buscando a su deidad, poniendo como base unos buenos cimientos. Y en caso de que los pesos no se soportaran bien, todo el mundo sabe que siempre se puede buscar un chivo expiatorio. Había llegado por tanto el momento de instaurar pináculos y arbotantes que redirigieran las cargas. La gran catedral gótica, la Pulchra leonina, la más francesa de nuestras catedrales, pese a no estar encima de un altar druídico dedicado a la Gran Madre Tierra como la
Catedral de León
mayoría de las galas, acabó rebasando todas las expectativas. Lo que antes fue muro, pasó a ser luz y color. Y toda ella desde dentro parecía contradecir cada una de las leyes de la física. Si en Burgos se había construido un joyero, una catedral para ser vista desde fuera, en León se construyó una joya de 737 vidrieras. La inverosimilitud de sus vanos calados podemos decir que iba a la par con la de unos cimientos que siglos antes sólo habían soportado vapores de agua. Y cuando las primeras piedras de las bóvedas empezaron a desmoronarse ante una incrédula muchedumbre, apareció el siguiente chivo expiatorio, un “topo” que a día de hoy el tiempo ha tenido a bien en conservar bajo la forma de un caparazón de tortuga laúd y que cuelga bajo la puerta de acceso. Con el fin de recomponer los desperfectos socavados por el “topo” se construyó hasta una cúpula barroca que acabó abriendo los pilares torales de tal modo que si a ello le sumamos el terremoto lisboeta de 1755, a los arquitectos del siglo XIX no les quedó otro remedio que desmontar toda la mitad sur de la catedral y dotarla de unos cimientos como tal.

Sin embargo no fue el único edificio abocado a los caprichos de las modas. Tuvo a bien la bisnieta de Alfonso el Bravo,  Doña Sancha de Castilla, donar unos terrenos junto al río donde dar descanso a los enfermos de camino a Santiago. Un hospital que fue consagrado a San Marcos en el mismo día en que un malhumorado Miguel Ángel terminaba su Juicio Final en la Capilla Sixtina. Pronto, supongo que debido a su escaso efecto como hospital – los fríos y la tisis junto a las humedades de un río lo que hubieran requerido era un cementerio y no un hospital - pasó a pertenecer a la Orden Militar de Santiago. Dadas las nuevas tendencias y la ruina a la que en doscientos años se vio sometido el edificio, el maquiavélico Fernando, ese que la historia bautizó como el Católico, decidió derribarlo y dar comienzo a una obra que su nieto el Emperador Carlos se encargó de convertir en una de las perlas del plateresco español. Y ahí fue donde comenzaron las incongruencias en su uso, hecho que era de esperar al retratar en un mismo edificio a Hércules, Aníbal, Lucrecia Borgia o Judith. Así ha pasado a la historia no sólo como la prisión que albergó a Quevedo, sino como escuela de veterinaria, prisión militar, casa de los Jesuitas, campo de concentración fascista y un sinfín de usos hasta llegar a ser hoy un placentero Parador Nacional.
San Marcos, León

Pero como es de esperar en unas tierras en las que las fronteras duraban lo que una barra de pan a una familia, León también vio llegar su declive con la anexión al yermo reino de Castilla. Hacía tiempo que los Guzmanes, una de sus familias más importantes, huyendo de los fríos leoneses habían fundado al calor gaditano la Casa de Medina Sidonia. Su cenit vino marcado por ser la primera ciudad europea que, bajo el reinado de su último monarca, albergó las primeras Cortes de Europa. La vida del último de los reyes de la casa de León se vio conmovida por la enemistad con su    
Palacio de los Guzmanes
primogénito. Fernando III, por aquel entonces el Bizco – más tarde, el Santo-, una vez más, haciendo gala de los históricos ardides del que los reyes leoneses eran buenos conocedores, consiguió proclamarse Rey de Castilla y comprando a sus hermanas leonesas, fusionar ambos reinos. Así, la casa de Castilla, esa tierra de la que ya se había dicho que “era frío y hambre” y cuyo norte miraba realmente hacia Córdoba y Sevilla, amplió su verdadero norte con tan reales dominios. Desde entonces lo que otrora fuese un importante campamento romano, ciudad regia y Corte de un reino se perdió más allá del páramo leonés, convirtiéndose junto con Zamora en las ciudades menos pobladas de la meseta. Una sombra del tiempo esperando a que llegasen las luces de la ilustración y sacasen brillo a sus piedras…

Fueron tres años de conocer rincones inigualables. Tantos que necesitaría un tratado entero para describir lugares y sentimientos. Os dejo con el último regalo que ofrece tan magnífica ciudad. En las afueras, junto al río Torío, podéis subir a lo que otrora fuese el templo de Júpiter Candamo, el Monte Áureo medieval, el parque de la Candamia. Y desde ahí, hacia el Oeste, admirar el Teleno, el inmenso monte consagrado al dios astur Tilenus que hasta los romanos tuvieron a bien loar bajo el nombre de Mars Tilenus, el Marte Tileno.



4 comentarios:

  1. Espero cada entrada para deleite del alma, una nueva ventana abierta a la historia que nunca se nos transmitió como tal y que disfruto con cada lectura. Tus palabras siempre evocan momentos emotivos de nuestro recuerdo.
    Gracias siempre por tus lecciones.

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    1. :) Gracias a vosotros por leerme y disfrutar con la historia historiada que trato de transmitir ;)

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  2. Interesante repaso de la historia pre-catedral del lugar, desconocida por mi. Me ha gustado la referencia a los Guzmanes. Pena de no tener más espacio para profundiza en la figura de Guzmán el Bueno. Es de esas historias épicas en tiempos de reconquista que nos dejan perplejos y que no han trascendido tanto como por ejemplo la del Cid. Solo una pequeña corrección, la última foto no corresponde al Teleno, sino al pico Correcillas, el dos mil más cercano a la ciudad a algo más de 20 km hacia el norte en las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, siempre presente de fondo al Campus de Vegazana ;)

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    1. No sufras Rober, a Alfonso Pérez de Guzmán le llegará el turno con Tarifa ;) Descuida que sabrás de él ;) Y ¡¡gracias por la aclaración!! Hace tanto tiempo de León que creía recordar que era el Teleno... :)

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